Hasta la vista

El miedo llegó el recién el domingo por la noche. A diferencia de cualquier otro domingo, estaba volviendo de una lectura en un bar en el centro. Evento que catalogaría de inusual en mi cotidianidad. Tan inusual como el hecho de que ese fin de semana había estado ocupada, lo cual mantuvieron mi cabeza lejos de la terrible sentencia que me esperaba el lunes por la mañana, cuando un tipo petizo, de cara grande, ego gordo y aliento a soberbia, me operara de la vista.

Me diagnosticaron a los 8 años: miopía («es cuando el punto focal está por delante de la retina», explicó el doctor) y astigmatismo («que es cuando hay más de un punto focal»). Entonces entendí que hacía foco en varios puntos delante de mí. Y sí, Doctor, ¿en qué otros puntos quiere que me enfoque sino? En realidad significaaba que no veía nada que estuviera lejos; y si no estaba muy, muy cerca, lo veía borroso. Así fue que empecé a leer. Los libros eran lo único que me quedaba a una distancia justa. Sin embargo, como ni con anteojos veía del todo bien, comencé a desarrollar habilidades ciegas. Como pensar, que es prima hermana de la lectura por parte de madre. También entrené otros superpoderes: aprendí, por ejemplo, cómo reconocer a la gente por la manera de caminar o a los colectivos por las burbujas que forman. Y otras más útiles, como esquivar la mancha marrón de ahí adelante (tal vez una inocente hoja seca, tal vez una cremosa caca de perro). Cuando la veía antes de pisarla, claro.

Como sea, la cosa es que el miedo llegó ese domingo a la noche mientras miraba pasar la Av. Santa Fe por la ventanilla del bondi, borrosa por última vez. Sin embargo, no sentí aquel escalofrío recorrer mi espalda propio del pudor. Ni esa suerte de entumecimiento frío en las manos. Ni el leve cosquilleo que recorre la frente de sien a sien cuando el alma se despega de la pared interna del cráneo y se desploma, rápidamente y en cámara lenta, hacia el piso por efecto del golpecito que hace la pánico cuando cae sobre la cabeza, dejándonos atónitos, vacíos y solos para enfrentar una realidad que de repente se es más real que nunca.

En cambio, podía ver al miedo parado frente a mí. Me miraba fijo, sin expresión, inmutable. Me miraba con la paciencia y el desinterés con que los ancianos escuchan a los jóvenes farfullar sobre cosas intrascendentales, como qué forrada les hizo el jefe hoy, quién le conto eso a Ése que no debía saber, y cuánto mejor va a ser el mundo si votamos a la izquierda. Es esa mirada aburrida de quien sabe que solo el tiempo, y nada más que el tiempo, los hará entender que los jefes son todos forros, que Ése lo sabía desde antes que Aquél le contara y que el mundo va a ser una mierda de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.

Lo que me pasó fue que veía al miedo enfrente mío, pero no lograba sentírlo. Y enseguida entendí. Entendí porqué estaba tan calmado, porqué no se movía, porqué no intentaba alcanzarme. El tipo sabía que a medida que pasaran las horas se iba a ir afinando esa capa protectora, esa especie de nebulosa que me separaba de él, hasta que unos minutos antes de entrar al quirófano desapareciera por completo y pudiera, finalmente, tocarme. Y ahí sí iba a sentir el escalofrío, el sudor, el vacío. Antes de empezar a jugar ya me había ganado. ¡Y me había cagado el hijo de puta! Porque 10 minutos antes de entrar al quirófano ya no te podés asustar. Uno no puede entrar cagado al quirófano. Uno tiene que entrar con la mirada alta, el pecho inflado, la mandíbula apretada y el semblante rígido para compensar la dignidad que perdió cuando lo despojaron hasta de los calzones y lo pusieron drogado y en bolas en medio de 20 monos con bata.

Entonces ya no iba a poder eludirlo. Iba a estar ahí, acostada en la camilla, impregnada de miedo, mirando fijo un puntito verde, y en vez de pensar en el pastel de papas que me iba a morfar esa noche, iba a estar siendo plenamente consciente de la importancia que tenía ese momento en mi vida. Iba a estar escuchando zumbar en mis oídos el chillido de mi ventana al mundo al desplazarse de la chicatez a la nitidez. Ese movimiento que marcaría un antes y un después en mi vida: un antes signado por deducciones –deduzco que es mi viejo por como camina, deduzco que es el 21 porque que tiene fondo azul y manchitas blancas– y un después que me condenaba a la certeza ineludible de que vería. Todo. Siempre.

Y era eso lo que me asustaba. No era la (remota) posibilidad de quedar ciega lo que me daba cagazo. Incluso cuando todo lo que me gustaba pasaba por la vista: leer, escribir, dibujar. Si me quedaba ciega no había viaje a Brasil, aunque ya tuviera el pasaje. No había carrera de periodismo, ni salir de joda, ni recorrer el mundo. Ni tampoco me creía muy capaz seguir fumándome esta vida si no podía, cuanto menos, verla pasar.

Yo creía que el lunes a la mañana recibiría mi sentencia, pero me habían engañado: ya estaba condenada y, fuera cual fuera el resultado, yo salía perdiendo. El mundo ya era una cagada cuando lo veía lejano y borroso. ¡Nítido y de cerca iba a ser peor! Ya no iba a tener forma de escaparme de la realidad; no iba a poder resguardarme, aunque sea, en la omisión de los detalles, de los trazos finos que se funden y se confunden entre sí. Cuando hubiera caca en la calle iba a ver TODA la mierda. Cuando viera al tipo caminando hacia mí iba a ser mi viejo o iba a ser un chorro ¡El 21 iba a ser el 21! ¿Y si era precisamente esa incertidumbre lo que me hacía cuestionarme todo, desde para qué venimos al mundo hasta qué medias me pongo? ¿Y si el doctor con su lasercito verde sellaba para siempre ese huequito por el que se colaba la duda entre las imágenes difusas que me presentaba mi vista? ¿Y si los ojos, al final, no fueran más que una burda metáfora de lo que vemos con la mente?

© Nerina Badalic, 2018

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