Un omelette

El primero estaba cerrado a medias: había doblado los extremos apenas para que se encontraran las puntas en el medio. Era de queso y tomate, y Meli le había agregado un poco de la plantita de albahaca que había en el hostel para darle más gusto. Por esa época no teníamos mucha plata, pero lográbamos hacer unos platos riquísimos con un par de condimentos y algo de imaginación. Sin embargo, esa semana nos había alcanzado para comprar una docena de huevos, y esa noche cenamos 2 omelettes cada una.

Enseguida ese omelette me trasladó a una época en Buenos Aires en que comía uno cada dos días. Principalmente porque los pocos ingredientes que lleva nunca faltaban en la heladera. Recuerdo que picaba bien chiquitita una cebolla y la calentaba un minuto en el microondas con un chorrito de aceite de oliva. Después la mezclaba con 3 o 4 huevos y condimentaba con sal, pimienta y orégano. El relleno consistía en un buen pedazo de queso fresco (mi viejo compraba el de La Paulina, que era más blandito), 2 fetitas de jamón Sadía y a veces un tomatito. Cuando había, también le ponía albahaca. Mentiría si dijera que cocinaba con intención. Solo era comida rápida.

No reparé, cuando me dispuse a comer el segundo omelette, en que estaba doblado por la mitad, impidiéndome ver el contenido. Asumí sin pensarlo que ese le había quedado diferente por accidente. Y supuse que también era de capresse porque, hasta donde recordaba, no teníamos otra cosa en la heladera. Corté distraídamente una punta y me la llevé a la boca mientras le preguntaba a Meli si haríamos algo aquella noche.

Pero en el momento en que comencé a masticar toda mi concentración se volcó a lo que estaba sucediendo en mi boca. Aquello era un viaje de sabores: sobre la base de un queso común se superponía un roquefort («Había quedado del otro día»), cuyo sabor se intensificaba por el contraste con la cebolla caramelizada y un ligero toque de pimentón.

Las enfáticas expresiones de placer me resultaron inconteníbles, como suele suceder cuando experimento gustos potentes. Cerraba los ojos y gemía meneando levemente la cabeza. Luego los abría grandes, desorbitados. No es raro encontrarme en este estado de trance: suele acontecer cuando mi sentido del gusto se ve sobre estimulado. Y en vez de intentar «comportarme como una persona normal», me entrego a las sensaciones. Porque ¿para qué estamos si no es para disfrutar?

– ¡Que de-lí-cia! ¡Esta riquísimo, Meli, me encanta! Hacía tiempo que no comía algo tan rico…–

– ¿Te gusta? Lo hice así cerrado para que fuera sorpresa.–

Fue como si una ola grande se formara en Melisa, recorriera el corto trecho de mesa que nos separaba y fuera a romper en mí. En el momento en que dijo eso sentí que me invadía un cosquilleo suave, como si una brisa cálida acariciara todo mi interior. Ella no había simplemente cocinado la cena. Había preparado ese omelette pensando cómo hacerlo diferente al anterior sin que dejara de ser vegetariano y lo había cerrado a la mitad con intensión, no por accidente, para que yo no adivinara lo que tenía dentro. Se había ocupado, en algo tan simple y tan sencillo, de darme una alegría. Una que sabía que andaba necesitaba.

En ese momento descubrí que el amor también puede encontrarse en un omelette de queso y cebolla.


Julio 2019 «
Arraial d’Adjuda
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3 comentarios en “Un omelette

  1. MELISA. dijo:
    Avatar de MELISA.

    Me sentí tan bien al leerte! No solo reviví aquel momento en que to también fui feliz porque vi tu cara inaguantable de aquel cambio de sabores. Tu cejas se levantaron y fue muy gracioso el meneo típico de la cabeza cada vez que hablamos de nuestro casal, la comida jaja. Me encantó leerte y saber lo que te genere. Sin querer, queriendo.

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  2. adriana dijo:
    Avatar de adriana

    los sabores holores y todo aquello que uno pueda sentirlo sin tenerlo . ,es algo que poco disfrutan .solo aquellos que con el simple omelet .son felices .a pesar de estar a mas de 4000 km de distancia de sus seres queridos .simplemente por un instante .nos aserca a ellos .brindo por ustedes .personas que apuestan a sus sueños ,que no es poco.

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